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Manifiesto

Somnium invictum

Luca Di Domenico

Sé que hay demasiado silencio. Sé que deseas más, y que has dejado de decirlo en voz alta. Te he escuchado.

Se acaba la escuela, se acaba la universidad, y empieza algo que nadie te había dicho: dejas de conocer gente nueva. El trabajo te llena los días sin ocupártelos. Y poco a poco vas recortando: primero la ambición, luego el deseo, luego el recuerdo de haberlo tenido.

Te han contado que eres una generación sin ganas. Es falso. Eres una generación a la que nadie ha pedido nada lo bastante difícil como para que valga la pena.

Y ni siquiera es una situación nueva. En 1744 un filósofo napolitano describió qué les ocurre a las civilizaciones que llegan a su apogeo: los hombres viven en ellas, escribe, «en su mayor concurrencia o multitud de cuerpos… en una suma soledad de ánimos y de voluntades». La máxima aglomeración de los cuerpos, la máxima soledad de los ánimos. Giambattista Vico lo escribió hace tres siglos y nos está describiendo a nosotros. Saber que tiene un nombre cambia una sola cosa, y es la que importa: no es culpa tuya.

Y en la misma frase dice de qué mueren las civilizaciones, y no es lo que nos enseñaron. No mueren de ignorancia: mueren de refinamiento. Él lo llama «barbarie de la reflexión», y la juzga peor que la barbarie de los primeros tiempos por una razón precisa: la antigua «mostraba una fiereza generosa, de la que uno podía defenderse»; esta trabaja «dentro de las lisonjas y los abrazos». Son, escribe, «las malnacidas sutilezas de los ingenios maliciosos»: la inteligencia que tiene una razón para cada cosa, que sabe explicar por qué toda empresa es ingenua, y que ya no construye nada.

El primer satélite europeo. El primer ordenador de sobremesa fabricado en serie. La web. Nacieron a este lado del mar, y se hicieron grandes al otro. No porque no supiéramos hacerlo: porque alrededor del invento nunca construimos la empresa. El descubrimiento era nuestro; el capital, los canales y la producción dejamos que los construyeran otros.

El talento está en todas partes. Los medios, no.

Y lo que está pasando ahora pasa de todos modos: las tecnologías que reescriben el mundo seguirán reescribiéndolo, nos metamos dentro o no. Nadie nos guarda un sitio. Vamos por detrás en computación, en semiconductores, en acceso al espacio, y así seguiremos todavía un poco. No tenemos la menor intención de quedarnos así.

La frontera es real, y está cerrada para ti. No porque no seas capaz: porque cuesta. Laboratorios, máquinas, años, errores pagados por completo. Quien tiene detrás una familia con dinero puede intentarlo. Quien no la tiene se queda en el muelle, y casi siempre se convence de que fue decisión suya.

En 1156, en este puerto, dos hombres pusieron por escrito un pacto. Se llamaban Ingo da Volta y Ansaldo Baialardo. Uno ponía el capital y se quedaba en tierra; el otro ponía el oficio y su propia persona, y zarpaba. A la vuelta repartían la ganancia. Y si el barco se hundía, quien no había puesto más que a sí mismo no le debía nada a nadie: el que perdía era el que había puesto el dinero.

Ese pacto se llama commenda, y es el contrato más antiguo de este tipo del que conservamos el texto. No era caridad, no era asistencia: era el antepasado de todo el capital de riesgo del mundo, y resolvía con una cláusula el problema que ahora te tiene quieto. Lo teníamos en casa, y lo olvidamos.

Por eso no te prometemos que el mar esté en calma.

Construimos el barco. Quien arriesga no arriesgará solo: si se hunde, no pagas tú.

Elegimos intentar las empresas más grandes, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles. Porque una meta así es la única herramienta que ordena y mide lo mejor de nuestras energías y de nuestras capacidades. Porque es un desafío que aceptamos, que no queremos aplazar, y que nos proponemos ganar.

Y este es el nuestro, dicho por entero, para que cualquiera pueda llevar la cuenta:

Dentro de diez años, cualquier joven europeo de veintitrés años o incluso menos, sin un euro a sus espaldas, tendrá la certeza de que, si persigue su sueño, si elige la dirección correcta y sigue perseverando, no fracasará por desencanto ni por falta de recursos. Las nuevas generaciones serán conscientes de sus capacidades y confiarán en ellas, y verán en perseguir sus sueños la perspectiva más obvia para construir su futuro.

Nadie tiene la culpa de que una época se apague, y buscar culpables nunca ha reavivado ninguna. Las cosas siempre recomienzan, y quienes las recomienzan son siempre pocos, sencillos y concretos: gente sin títulos y sin permiso, que una mañana se pone manos a la obra.

La única pregunta es quién empieza. Sine fine.

Todo empezó aquí, y no porque fuera el lugar adecuado: el lugar adecuado no existe. Cada punto es su propio centro.

No se navega hacia el firmamento. Se navega bajo él, y se llega al otro lado siguiendo las estrellas, y se vuelve. Cinosura, la llamaban. El mar está allá, y lo cruzaremos. Las cosas que nadie ha construido todavía están allá. Un barco solo sirve si alguien decide zarpar.

El mundo en el que vives lo han hecho las personas, y esa es la razón por la que puedes rehacerlo.

Ningún sueño está vencido hasta que tú lo decidas.

Perseverar por las estrellas.